—Puedes marcharte, Munira. Te llamaré si necesito algo, no te preocupes.
La doncella se mantuvo de pie en el centro de la gran biblioteca, titubeando frente a la idea de dejar a su Señora a solas con Zhadli. Aún no confiaba en aquel misterioso Mago y sabía muy bien que sus instintos no solían fallar, llevaba la percepción en su sangre. Algo en esa fachada de anciano inocente no terminaba de convencerla. Finalmente, se resignó ante la mirada insistente de Zarah. No quería ser desobediente con su