Tabar había dormido, si es que se le puede llamar dormir a la vigilia expectante a la que se había sometido, tres días y tres noches junto al cuerpo tembloroso e inconsciente de Zarah. Acariciaba su frente, secando el sudor con un paño de lino, mientras susurraba en su oído dormido cosas que no se atrevía a confesarle mientras estaba consciente.
Cada mañana se levantaba fingiendo serenidad frente a los guerreros, cumplía las tareas de su esposa en el castillo con la excusa de que una gripe ligera la había debilitado y que él mismo la había obligado a permanecer en el Cuarto Blanco para recuperarse. Pero todas las tardes volvía a encontrarse la misma escena desoladora. Zarah tendida en su cama, inmóvil, soltando gemidos esporádicos de dolor. Casi siempre el Mago se encontraba sentado a su lado intentando aliviar con magia el sufrimiento del cuerpo.
Munira había sentido ciertas náuseas después de beber la infusión. Su reacción no había sido tan fuerte como la de Zarah, pero si lo s