En la habitación del hospital reinaba un silencio opresivo, interrumpido únicamente por el pitido constante de las máquinas y el murmullo lejano de pasos en el pasillo.
El olor a desinfectante impregnaba el aire, frío e impersonal, como si aquel lugar se empeñara en borrar cualquier rastro de humanidad.
Zacarías empujó la puerta con lentitud. No sabía por qué sus manos temblaban, pero lo hacían. Cada paso hacia el interior le pesaba como si arrastrara una culpa que aún no terminaba de comprender