En la habitación del hospital reinaba un silencio opresivo, interrumpido únicamente por el pitido constante de las máquinas y el murmullo lejano de pasos en el pasillo.
El olor a desinfectante impregnaba el aire, frío e impersonal, como si aquel lugar se empeñara en borrar cualquier rastro de humanidad.
Zacarías empujó la puerta con lentitud. No sabía por qué sus manos temblaban, pero lo hacían. Cada paso hacia el interior le pesaba como si arrastrara una culpa que aún no terminaba de comprender.
Allí estaba Gala.
Yacía recostada en la cama, inmóvil, demasiado frágil para la mujer que él recordaba. Su piel lucía pálida, casi translúcida, y sus labios —antes rosados y vivos— tenían ahora un tono blanquecino que le heló la sangre. Parecía quebrarse con solo respirar.
Gala abrió los ojos al sentir su presencia. Sus pupilas se enfocaron lentamente hasta encontrarlo, como si hubiese estado esperándolo desde hacía siglos.
Con un esfuerzo evidente, alzó la mano. Le temblaban los dedos.
—Zac…