—¡Zacarías! ¿Cómo pudiste hacerle esto a Gala? —exclamó Gael al llegar, con el rostro desencajado y la voz vibrando de furia contenida.
Su irrupción fue abrupta, violenta, como una tormenta que estalla sin previo aviso. Romina lo seguía de cerca, rígida, con los labios apretados en una línea dura. Ambos tenían los ojos clavados en Zacarías, como si ya lo hubieran juzgado y condenado antes de escuchar una sola palabra.
Camely los observó en silencio.
No hubo sorpresa en su rostro. Tampoco miedo.