—¡Zacarías! ¿Cómo pudiste hacerle esto a Gala? —exclamó Gael al llegar, con el rostro desencajado y la voz vibrando de furia contenida.
Su irrupción fue abrupta, violenta, como una tormenta que estalla sin previo aviso. Romina lo seguía de cerca, rígida, con los labios apretados en una línea dura. Ambos tenían los ojos clavados en Zacarías, como si ya lo hubieran juzgado y condenado antes de escuchar una sola palabra.
Camely los observó en silencio.
No hubo sorpresa en su rostro. Tampoco miedo.
Solo un desprecio frío, silencioso, que les habría helado la sangre de haberlo notado. Pero estaban demasiado consumidos por su rabia como para verla de verdad.
—Yo no le hice daño —dijo Zacarías, dando un paso al frente—. Por favor, escúchenme.
La voz le salió cansada, rota, pero honesta. Aun así, Romina soltó una risa breve, cargada de ironía.
—¿Escucharte? —replicó—. ¿Después de lo que le hiciste a mi hija?
Antes de que Zacarías pudiera responder, Camely habló.
—El hijo que Gala espera no es