—¿Qué ha dicho exactamente, señora Conny? —preguntó el hombre al fin.
Su voz era baja, controlada con esfuerzo, pero vibraba de una tensión peligrosa, como un cristal a punto de romperse. No levantó el tono, no hizo aspavientos. Eso lo hacía aún más inquietante.
En el pasillo, el aire pareció espesarse, volverse pesado, irrespirable.
Camely sostuvo su mirada durante un segundo que se alargó como una eternidad.
Fue como si gritara la verdad al hombre sin decirlo y él lo supo. Luego desvió lentame