—¿Qué ha dicho exactamente, señora Conny? —preguntó el hombre al fin.
Su voz era baja, controlada con esfuerzo, pero vibraba de una tensión peligrosa, como un cristal a punto de romperse. No levantó el tono, no hizo aspavientos. Eso lo hacía aún más inquietante.
En el pasillo, el aire pareció espesarse, volverse pesado, irrespirable.
Camely sostuvo su mirada durante un segundo que se alargó como una eternidad.
Fue como si gritara la verdad al hombre sin decirlo y él lo supo. Luego desvió lentamente los ojos hacia Romina.
Romina la observaba con una sonrisa rígida, forzada.
En sus facciones había soberbia, sí, pero también algo más… un temblor casi imperceptible en el párpado, una rigidez en la mandíbula. Miedo. Un miedo mal disimulado, disfrazado de altanería.
—Lo siento —respondió Camely finalmente.
Su voz salió serena, casi fría, y contrastaba de forma brutal con el huracán que la devastaba por dentro.
Sentía el corazón golpeándole las costillas, las manos heladas, el estómago revuel