Luego del día increíble, Daniel llevó a Marianne y sus pequeños a casa. Tuvo que irse después.
Daniel observó por el espejo retrovisor cómo la figura de Marianne y los gemelos se hacía más pequeña a medida que él se alejaba de la mansión.
Cada metro de distancia le pesaba en el pecho como si cargara cadenas de plomo.
Separarse de ellos, aunque fuera por unas horas, era una tortura que apenas lograba soportar.
El eco de las risas de los niños aún resonaba en sus oídos, y el calor del último abraz