Daniel leía los resultados, mientras Marianne temblaba intrigada, esperando por la respuesta.
De pronto, una lágrima solitaria, cargada de una alegría que no cabía en su pecho, rodó por su mejilla mientras una sonrisa radiante iluminaba su rostro.
—¡Amor… gracias! —exclamó con la voz quebrada por la emoción. Se acercó a Marianne, tomándola de las manos como si fuera el tesoro más frágil del universo—. ¡Vamos a ser padres otra vez! Un nuevo milagro… tendremos otro bebé.
Marianne se quedó inmóvil