Daniel Lutton seguía allí, humillado y arrodillado ante ella, sus ojos eran una súplica de tristeza.
Marianne lo miró fijamente. En sus ojos no solo había desprecio; había una distancia infranqueable.
—¡No! —La voz de Marianne cortó el silencio como un látigo—. No eres padre, Daniel. Esa palabra te queda grande. ¿Con qué derecho te atreves a llenar tu boca con la palabra "hijos"? ¿Con el derecho del hombre que me dejó a mi suerte cuando más te necesité? ¿O con el del cobarde que prefirió creer e