La noche siguiente cayó sobre la ciudad como un manto de terciopelo pesado, pero para Marianne, el aire dentro de la mansión Andrade se sentía cargado.
Cada vez que inhalaba, sentía un nudo opresivo en el pecho.
El espejo de su tocador le devolvía la imagen de una mujer cuyos ojos reflejaban la desolación de un náufrago.
En el salón principal, la familia ya estaba reunida.
Sus padres, Zacarías y Camely, mantenían una conversación en voz baja; su hermana Rosanne compartía una mirada de preocupaci