Marianne y Daniel llegaron a la mansión cuando vieron llegar a Álvaro. Al ver a Avana salir del auto, pálida.
—¡Avana! —gritó Marianne, corriendo hacia su amiga con los brazos extendidos—. ¡Por Dios! ¿Qué pasó? ¿Qué te hicieron?
Álvaro bajó del auto con los puños apretados, la mandíbula tan tensa que parecía a punto de quebrarse.
Su mirada reflejaba una furia.
—¡Ese desgraciado de Agustín! —escupió Álvaro, su voz temblando de rabia
—¡Dios mío! —Marianne se cubrió la boca con las manos, sintiend