El motor del auto rugía mientras Agustín hundía el pie en el acelerador sin el menor rastro de cordura.
El paisaje exterior se había convertido en un borrón de sombras y luces distorsionadas por la velocidad.
Dentro del auto, el aire era asfixiante, cargado del olor a alcohol, furia y el miedo paralizante de Avana.
Ella estaba encogida contra la puerta, con las manos entrelazadas sobre su vientre en un gesto instintivo de protección.
Sus lágrimas no cesaban de rodar, calientes y amargas, perdién