El auto se detuvo frente a la imponente mansión de la familia Miles.
Agustín bajó del vehículo y, sin la menor pizca de caballerosidad, sujetó a Avana por el brazo.
La arrastró casi a rastras por la escalinata de mármol; ella, sumida en un terror paralizante, sentía que sus piernas flaqueaban.
El frío de la noche no era nada comparado con el hielo que recorría su espina dorsal.
Temblaba, no solo por ella, sino por la vida que apenas comenzaba a latir bajo su vientre.
Agustín la obligó a entrar