El trayecto de regreso de la cabaña fue un desierto de palabras.
El motor del coche era el único sonido que se atrevía a romper el pesado silencio que se había instalado entre ellos después de la confesión de Marianne.
Daniel conducía con la mandíbula tensa, las manos apretando el volante hasta que sus nudillos perdieron el color.
Cada vez que intentaba abrir la boca para desahogar el torbellino de súplicas que llevaba por dentro, Marianne giraba el rostro hacia la ventanilla, perdiéndose delibe