Daniel Lutton cruzó el umbral de la mansión con el alma hecha jirones.
El portón se cerró tras él con un estruendo metálico que resonó en sus oídos como el veredicto de una sentencia de muerte.
Cada paso hacia su auto era un recordatorio de su fracaso.
Al subir, sus manos temblaron sobre el volante de cuero, sus nudillos blancos por la tensión.
Miró por el parabrisas, pero no vio la carretera; aún escuchaba el llanto de sus bebés.
Y Marianne... el nombre quemaba en su garganta. La había perdido.