Daniel sentía que cada centímetro de su piel ardía bajo la mirada de Camely. Era una humillación necesaria, una penitencia que apenas comenzaba a pagar por los meses de ceguera y crueldad.
—Señora Andrade… yo… yo no sabía… —logró susurrar Daniel. Su voz era apenas un hilo, un sonido roto que se perdía en la inmensidad del salón.
Sus ojos, antes fríos, ahora empañados por una humedad amarga.
—¡No sabías! —Camely soltó una carcajada que no contenía pizca de alegría, sino un desprecio que calaba ha