Cuando Daniel se recuperó era irreconocible.
El Daniel Lutton que el mundo conocía, había muerto en aquella cama de hospital.
El hombre que emergió de la convalecencia era una versión endurecida, tallada por el odio y el resentimiento.
Apenas los médicos le permitieron ponerse en pie, Daniel buscó refugio en el único lugar donde podía castigar a su cuerpo, tanto como su mente lo castigaba a él: el gimnasio.
Se convirtió en una rutina obsesiva, casi violenta. Día tras día, hora tras hora, Daniel