El silencio en el salón de la mansión Andrade se sentía denso, cargado de una expectativa que hacía que el aire vibrara.
Marianne, con las manos entrelazadas sobre su regazo, tomó aire, sintiendo cómo el corazón le golpeaba las costillas.
Había soltado la bomba del embarazo, pero el secreto más grande aún quemaba en su garganta.
—Papá, mamá... hay algo más —susurró, y su voz tembló con una mezcla de miedo y maravilla—. No es solo un bebé. Son dos. Son gemelos.
El tiempo pareció detenerse.
Zacarí