El pasillo del hospital olía a una mezcla estéril de antiséptico y muerte, un aroma que se filtraba en los pulmones de Marianne mientras la camilla rodaba a toda velocidad.
Las luces del techo pasaban como ráfagas blancas ante sus ojos, aumentando el mareo y la sensación de irrealidad.
El dolor en su vientre no era una contracción normal; era una garra ardiente que se retorcía, recordándole que su cuerpo estaba llegando al límite de su resistencia.
Al llegar a la sala de urgencias, el caos se ap