Cuando volvió en sí, la realidad la golpeó con una violencia silenciosa.
Jenny estaba atada a la cama.
Las muñecas y los tobillos inmovilizados con fuerza, el cuerpo rígido, la respiración entrecortada. Intentó gritar, pero una mordaza le ahogó el sonido antes de que pudiera salir de su garganta. El pánico le recorrió la piel como una descarga helada. El cuarto era ajeno, impersonal, demasiado limpio para el horror que contenía.
—Disfruta esta noche, querida —dijo una voz masculina, burlona.
Edm