Cuando volvió en sí, la realidad la golpeó con una violencia silenciosa.
Jenny estaba atada a la cama.
Las muñecas y los tobillos inmovilizados con fuerza, el cuerpo rígido, la respiración entrecortada. Intentó gritar, pero una mordaza le ahogó el sonido antes de que pudiera salir de su garganta. El pánico le recorrió la piel como una descarga helada. El cuarto era ajeno, impersonal, demasiado limpio para el horror que contenía.
—Disfruta esta noche, querida —dijo una voz masculina, burlona.
Edmund soltó una carcajada seca. Gael lo imitó. El sonido de sus risas fue peor que cualquier amenaza: despreocupadas, crueles, seguras de su impunidad.
La puerta se cerró tras ellos.
Jenny forcejeó, inútilmente. Cada movimiento hacía que las ataduras se clavaran más en su piel. El miedo comenzó a transformarse en algo más oscuro, más profundo: la certeza de haber caído en una trampa perfecta.
Entonces la vio.
Romina estaba allí.
De pie, observándola con una mezcla de nerviosismo y frialdad que Jen