Zacarías condujo con las manos apretadas al volante, la mandíbula tensa, los ojos fijos en el camino, pero su mente daba vueltas a mil por hora.
Cada semáforo, cada curva parecía ralentizar el tiempo. No había música en el auto; solo el rugido del motor y los pensamientos que lo martillaban desde dentro.
Por fin, tras un viaje que se le hizo eterno, llegó a la comisaría.
La fachada gris y fría le pareció más amenazante de lo que había imaginado. Respiró hondo y bajó del auto, sintiendo que su co