Zacarías condujo con las manos apretadas al volante, la mandíbula tensa, los ojos fijos en el camino, pero su mente daba vueltas a mil por hora.
Cada semáforo, cada curva parecía ralentizar el tiempo. No había música en el auto; solo el rugido del motor y los pensamientos que lo martillaban desde dentro.
Por fin, tras un viaje que se le hizo eterno, llegó a la comisaría.
La fachada gris y fría le pareció más amenazante de lo que había imaginado. Respiró hondo y bajó del auto, sintiendo que su corazón latía con fuerza, golpeándole el pecho con cada paso que daba hacia la entrada.
—Quiero ver a Jonathan Gómez —dijo con voz firme, aunque bajo el peso de una tensión que lo desgarraba.
Los policías lo miraron un instante antes de guiarlo por pasillos estrechos, con paredes desgastadas y un olor a humedad que se pegaba en la ropa.
Finalmente, lo condujeron a una celda fría, sucia, con barrotes oxidados que crujían al tacto.
Allí estaba él, Jonathan Gómez, encogido sobre sí mismo. Sus ojos se