Daniel cargó a Marianne con un cuidado casi reverencial, como si temiera que incluso el más leve movimiento pudiera quebrarla. Sus brazos temblaban, pero no por el esfuerzo físico; temblaban por el peso invisible de todo lo ocurrido, por la culpa que se le había instalado en el pecho como una piedra ardiente.
Cada paso hacia la habitación le parecía eterno, y aun así, no deseaba llegar demasiado pronto.
Mientras avanzaba, el recuerdo de sus propias palabras —duras, injustas— le golpeaba la conci