—¡Yo no hice esto! ¡Soy inocente! —gritó Rachel, con la voz quebrada, casi histérica—. ¡No me acuses!
Su voz resonó en la sala, pero para Marianne ya no significaba nada. Las palabras se disolvieron en el aire antes de alcanzarla. Sus ojos ardían, no solo por la furia contenida, sino por un dolor más hondo, más silencioso, uno que nacía de la traición y de la certeza de que alguien había querido destruirla sin remordimiento.
El cuerpo le temblaba, traicionero, pero ella se obligó a mantenerse er