Rachel lo miró con los ojos abiertos de par en par, tan grandes que parecían a punto de desbordarse. En ellos no había rabia ni arrogancia, solo pánico puro.
El miedo de quien ha sido descubierta sin máscara, sin coartadas, sin tiempo para inventar una versión mejor de sí misma.
Por primera vez en años, no tenía una respuesta ensayada, ni una sonrisa calculada que pudiera salvarla.
—¡Juro que es mentira! —exclamó, dando un paso hacia él, desesperada—. Yo… Daniel, escúchame, por favor.
Pero Danie