—¡Avana, responde! ¡Avana! —gritó, con la voz quebrada.
Marianne estaba angustiada.
Colgó la llamada.
—Tengo que ayudar a una amiga, Daniel, llévame a buscarla.
Daniel la miró muy angustiado, asintió.
El aire se sentía espeso, cargado de una premonición funesta. Sin perder un instante, casi llevándola en vilo, subieron al auto.
—A la mansión Miles —susurró ella con las pocas fuerzas que le quedaban antes de perder el sentido—. Tenemos que ir... a la mansión Miles.
Daniel arrancó el motor, hacien