El salvavidas estaba a punto de decidir no ir. La brisa salina golpeaba su rostro, y el olor del mar mezclado con el sudor le recordaba que cada segundo contaba.
Su mirada se perdió un instante en el horizonte, donde las olas rompían contra la arena de la isla, y pensó en la incomodidad de adentrarse en esa zona sin saber exactamente qué encontraría.
El silencio era casi absoluto, interrumpido únicamente por el crujido de la madera del muelle y el batir de las olas. Justo cuando parecía que deja