Gala lloraba sin control. Las lágrimas corrían por su rostro sin que pudiera detenerlas, calientes, constantes, como si cada una arrastrara años de silencios, de decepciones acumuladas, de verdades ocultas que ahora estallaban sin piedad. Sus manos temblaban con violencia, incapaces de aferrarse a nada que le devolviera la sensación de seguridad. La respiración le fallaba, se le cortaba en el pecho, y una presión insoportable le quemaba por dentro, mezcla de tristeza, rabia, vergüenza y una traición que no sabía cómo nombrar.
—¡Padre! —gritó con la voz rota, aferrándose con desesperación a la camisa de Gael, como si él fuera la última ancla antes de caer al vacío—. ¿Por qué me has hecho esto? ¿Por qué…?
No pudo terminar la frase. El llanto la venció, le dobló el cuerpo, le arrancó el aire. Todo aquello que siempre había creído firme, inamovible, se desmoronaba ante sus ojos. La figura paterna en la que había confiado, el hogar que creía seguro, la idea de familia que la había sostenido