Gala lloraba sin control. Las lágrimas corrían por su rostro sin que pudiera detenerlas, calientes, constantes, como si cada una arrastrara años de silencios, de decepciones acumuladas, de verdades ocultas que ahora estallaban sin piedad. Sus manos temblaban con violencia, incapaces de aferrarse a nada que le devolviera la sensación de seguridad. La respiración le fallaba, se le cortaba en el pecho, y una presión insoportable le quemaba por dentro, mezcla de tristeza, rabia, vergüenza y una trai
J.D Anderson
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