Al día siguiente, tal como lo había prometido, Zacarías acudió al encuentro.
Para Gala, la noche anterior había sido interminable. No durmió; apenas logró cerrar los ojos unos minutos antes del amanecer, pero incluso entonces su mente no dejó de trabajar.
El rostro de Zacarías aparecía una y otra vez entre sombras, su voz grave resonaba en su cabeza como un eco persistente, cargado de reproches y de una esperanza cruel que se negaba a morir.
Se levantó antes de que sonara el despertador, con el