Al día siguiente, tal como lo había prometido, Zacarías acudió al encuentro.
Para Gala, la noche anterior había sido interminable. No durmió; apenas logró cerrar los ojos unos minutos antes del amanecer, pero incluso entonces su mente no dejó de trabajar.
El rostro de Zacarías aparecía una y otra vez entre sombras, su voz grave resonaba en su cabeza como un eco persistente, cargado de reproches y de una esperanza cruel que se negaba a morir.
Se levantó antes de que sonara el despertador, con el pecho oprimido y el estómago revuelto, como si su cuerpo supiera que algo decisivo estaba por ocurrir.
Se arregló con cuidado excesivo. Eligió un vestido sencillo, de líneas suaves, elegante, sin ser ostentoso, uno que sabía que a Zacarías siempre le había gustado porque decía que resaltaba su fragilidad. Se miró al espejo más tiempo del habitual, ensayando una expresión serena, casi dulce.
Quería parecer tranquila, enamorada, digna de ser amada… aunque por dentro se sentía quebrada, como una