Agustin Miles llegó a la habitación del hospital donde estaba su padre
—Mírate, padre —dijo Agustín con una sonrisa gélida, cruzándose de brazos—. Parece que el gran imperio Miles se está quedando sin capitán.
El anciano abrió los ojos con esfuerzo.
Su mirada no era de súplica, sino de una astucia maligna que aún conservaba su brillo. Una risa seca escapó de su pecho.
—¿Crees que ganarás si muero? ¿Verdad? —la voz del viejo era un susurro sibilante—. Crees que en el momento en que mi corazón se