Tras la partida de Daniel y su madre, Marianne no quiso entrar de inmediato; necesitaba el aire nocturno.
Caminó hacia el centro del jardín.
Sacó el sobre amarillento del bolsillo.
Sus dedos temblaron al rozar el papel. Con un suspiro entrecortado, rompió el sello y desplegó la carta.
La caligrafía de Rachel era errática, una danza de letras que reflejaba una mente que se desmoronaba.
“Marianne:
Si esta carta llega a tus manos, es porque estoy muerta
Quiero decirte la verdad, una verdad que me