—¿De qué demonios estás hablando, Delmar? —preguntó Agustín, aunque su voz carecía de la firmeza habitual.
Su garganta se sentía seca, y un sudor frío comenzó a perlar su frente bajo las luces fluorescentes.
Álvaro soltó una carcajada seca, carente de alegría, que resonó en el pasillo como una sentencia de muerte.
Su mirada era la de un depredador que ya ha ganado la partida antes de que la presa se dé cuenta de que está atrapada.
—¿No lo sabes? Vaya, parece que tu departamento financiero es ta