Agustín apretó los puños con rabia; no podía reclamar lo que creía suyo.
Sabía que no tenía otra opción. No podía arriesgar su empresa, no ahora que el destino de su patrimonio estaba, de manera humillante, en manos de los Delmar.
Cada fibra de su ser gritaba que se quedara y peleara, pero la lógica empresarial era fría: si se quedaba ahora, lo perdería todo.
—Esto no es un adiós, Avana, recuerda que soy yo el padre de tu hijo, y al que amas —susurró para sí mismo, con la mirada cargada de un re