Zacarías viajaba en el asiento trasero del auto, mientras el chofer conducía en absoluto silencio.
Afuera, la ciudad se deslizaba como una película ajena, borrosa, distante.
Él no veía edificios ni calles; solo miraba por la ventana como si buscara algo que ya había perdido. Su reflejo en el vidrio le devolvía la imagen de un hombre vacío, cansado, derrotado.
Camely.
Su nombre no dejaba de aparecer en su mente, una y otra vez, como una herida que se niega a cerrar.
“La vida sin ti ya casi no tiene sentido, Camely,” pensó, con una amargura que le quemaba el pecho.
“Gracias a esas pequeñas aún soy capaz de sonreír… ellas son lo único que me queda de luz. Pero ahora también voy a perderlas. Voy a perderlo todo.”
Cerró los ojos con fuerza, apretando la mandíbula.
“Pero no puedo dejar morir a esa criatura. No puedo permitir que ese bebé desaparezca… ni tampoco puedo abandonar a Gala. No después de todo. No como abandoné a mi hermano.”
La culpa volvió a morderlo por dentro, cruel, implacable