Zacarías viajaba en el asiento trasero del auto, mientras el chofer conducía en absoluto silencio.
Afuera, la ciudad se deslizaba como una película ajena, borrosa, distante.
Él no veía edificios ni calles; solo miraba por la ventana como si buscara algo que ya había perdido. Su reflejo en el vidrio le devolvía la imagen de un hombre vacío, cansado, derrotado.
Camely.
Su nombre no dejaba de aparecer en su mente, una y otra vez, como una herida que se niega a cerrar.
“La vida sin ti ya casi no tie