Las palabras de Rachel flotaban en el ambiente como cenizas de una hoguera que acababa de consumir la poca cordura que le quedaba a Daniel.
—¡Qué demonios estás diciendo! —gritó Daniel. Su voz no fue un grito humano, sino el rugido de un animal herido.
El eco rebotó haciendo que los invitados a la gala giraran sus cabezas, conteniendo el aliento.
Rachel no retrocedió.
Asintió lentamente, con los ojos inyectados en sangre, nublados por una mezcla de culpabilidad y un alivio perverso que solo da l