Por un instante, Daniel se quedó en absoluto silencio.
El murmullo constante de la ciudad al otro lado del teléfono —cláxones lejanos, voces ajenas, pasos apresurados— pareció disiparse por completo, como si el mundo hubiera decidido contener la respiración junto a él.
Incluso el sonido de su propia respiración le resultó ensordecedor.
Rachel no dijo nada más.
Daniel estaba librando una batalla interna, debatiéndose entre colgar la llamada de inmediato o dejarse arrastrar por una verdad que lle