El silencio dentro del coche era asfixiante, roto únicamente por el sonido de la respiración entrecortada de Daniel.
Los papeles del hospital, aquellos que contenían la verdad que él mismo se encargó de pisotear meses atrás, descansaban sobre sus piernas como una sentencia de muerte.
Sus manos, antes firme y seguras, temblaban con tal violencia que apenas pudo aferrarse al volante.
—¡Marianne, Marianne! —gritó su nombre, pero el sonido se ahogó en su propia garganta—. ¡No, no, no! ¡Dios mío, no!