Aquel hombre sonrió con una lentitud inquietante, una sonrisa torcida que jamás alcanzó a tocarle los ojos.
Era una expresión vacía, calculada, casi mecánica.
Su mirada descendió sin pudor por el cuerpo de Marianne, como si ella no fuera una persona, sino un objeto expuesto, una posesión efímera a su alcance.
Marianne yacía sobre la cama, inmóvil, atrapada en un estado extraño entre la vigilia y el desmayo.
La blusa desabrochada dejaba su piel vulnerable al aire frío de la habitación, y su resp