Roberto respiró hondo y, con una calma que contrastaba con el temblor de su corazón, encendió su teléfono. La pantalla proyectó un video que capturó la atención de todos en la sala: allí estaba el profesor, su gesto confiado, desapareciendo mientras se inclinaba hacia una alumna, besándola con descaro.
El silencio que siguió fue ensordecedor. El profesor se quedó inmóvil un instante, rojo como un tomate, y luego pálido, como si el mismo aire hubiera sido drenado de su cuerpo. Sus labios temblaron, y apenas pudo murmurar:
—Yo…
Roberto no le dio tiempo de continuar. Sus ojos se clavaron en él, llenos de acusación.
—Diga la verdad —ordenó con firmeza—. ¿Por qué está inventando estas mentiras sobre Rosanne Andrade?
El profesor empezó a tambalearse, su postura débil delataba el miedo que sentía. Cada palabra que escapaba de su boca estaba cargada de desesperación.
—¡Está bien, está bien! —exclamó finalmente—. No, Rosanne no hizo trampa. Me amenazaron… si no decía esto, iban a acusarme con e