Roberto respiró hondo y, con una calma que contrastaba con el temblor de su corazón, encendió su teléfono. La pantalla proyectó un video que capturó la atención de todos en la sala: allí estaba el profesor, su gesto confiado, desapareciendo mientras se inclinaba hacia una alumna, besándola con descaro.
El silencio que siguió fue ensordecedor. El profesor se quedó inmóvil un instante, rojo como un tomate, y luego pálido, como si el mismo aire hubiera sido drenado de su cuerpo. Sus labios temblaro