Al día siguiente, Rosanne se despertó con una mezcla de excitación y nerviosismo. La fiesta de San Valentín era un evento que todos esperaban, un baile donde cada mirada contaba, donde cada gesto podía marcar la diferencia.
Pasó horas frente al espejo, seleccionando cuidadosamente su vestido.
Finalmente, eligió uno dorado, brillante, que caía sobre su figura con elegancia y sutileza, resaltando cada curva con un toque de sofisticación que dejaba entrever poder y femineidad al mismo tiempo.
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