Camely se quedó sola en esa habitación, su corazón latiendo con la furia de una madre herida.
Sus ojos cayeron sobre el bolso de Marianne, que había quedado olvidado en la silla.
Sacó el teléfono móvil de su hija. La pantalla estaba manchada de lágrimas secas.
Con dedos temblorosos, desbloqueó el dispositivo y fue directamente al registro de llamadas.
Ahí estaba: "Daniel".
La última llamada duró apenas unos segundos, los segundos suficientes para destrozar el espíritu de Marianne antes de entrar