Los ojos de Carlos ardían con una rabia mal contenida. No era una rabia explosiva, sino densa, oscura, de esas que se acumulan en silencio hasta que buscan una grieta por donde salir. Dio un paso hacia Rosanne, invadiendo su espacio sin pedir permiso, como si ese derecho aún le perteneciera.
—¿Por qué sigues haciendo esto, Rosanne? —espetó, con los dientes apretados—. ¿Por qué sigues provocándome?
Ella frunció ligeramente el ceño y lo observó con una mezcla de duda y hastío, como si estuviera tr