Romina, fuera de sí, señaló a Camely con un dedo tembloroso, casi convulsionando por la rabia y el miedo que la dominaban.
—¡Tú hiciste esto! ¡Querías deshacerte de ella! —gritó, desbordada, como si la acusación fuese un arma que no podía dejar de disparar.
Zacarías reaccionó en el acto.
Dio un paso hacia su madre y se giró con una furia que pocas veces se había permitido mostrar.
—¡Mamá, basta! —tronó—. Camely no haría algo así jamás. Estás diciendo barbaridades.
La tensión cargaba el aire como