Romina, fuera de sí, señaló a Camely con un dedo tembloroso, casi convulsionando por la rabia y el miedo que la dominaban.
—¡Tú hiciste esto! ¡Querías deshacerte de ella! —gritó, desbordada, como si la acusación fuese un arma que no podía dejar de disparar.
Zacarías reaccionó en el acto.
Dio un paso hacia su madre y se giró con una furia que pocas veces se había permitido mostrar.
—¡Mamá, basta! —tronó—. Camely no haría algo así jamás. Estás diciendo barbaridades.
La tensión cargaba el aire como una tormenta eléctrica a punto de estallar.
Jenny, que hasta ese momento había permanecido callada, se apresuró a tomar la mano de Camely. La vio temblar, vio cómo su rostro se iba apagando entre miedo e incredulidad.
—Tranquila… no la escuches —susurró Jenny, intentando ser un ancla en medio del caos.
En ese instante, a lo lejos, comenzó a escucharse la sirena de la ambulancia.
—¡Yo no hice nada! —exclamó Camely, tratando de mantener la voz firme, aunque las lágrimas amenazaban con traicionarl