Camely se enteró pronto.
No fue una corazonada ni un presentimiento femenino. Fue información concreta, directa, entregada sin rodeos por uno de los hombres que había puesto a vigilar cada movimiento de Zacarías desde hacía semanas.
Un espía discreto, eficiente, entrenado para observar, sin involucrarse, para escuchar, sin juzgar y transmitir sin adornos.
Cuando el teléfono vibró en su mano y escuchó el nombre del hospital, algo se contrajo con violencia dentro de su pecho, como si un hilo invisible se tensara hasta el límite de romperse.
Colgó sin despedirse.
Ni siquiera agradeció.
—Maldita seas, Gala… —murmuró entre dientes, apretando el aparato con tanta fuerza que sus nudillos palidecieron—. Estás chantajeándolo. Lo estás empujando directo al abismo.
Comenzó a caminar de un lado a otro de la habitación, incapaz de permanecer quieta. Sus pasos eran erráticos, desordenados, reflejo exacto del caos que tenía en la cabeza. La respiración se le aceleraba sin darse cuenta, como si su cue