La comisaría era tan fría y casi silenciosa, había gente ahí, personas detenidas que daban miedo.
Cuando los agentes llevaron a Camely hacia la celda, el sonido del cerrojo golpeando el metal fue tan ensordecedor que sintió que algo dentro de ella se rompía también.
La celda estaba fría, demasiado pequeña para respirar tranquila, con un banco de concreto áspero que parecía burlarse de su vulnerabilidad. Estaba sola.
Se abrazó a sí misma, temblando. El miedo no era lo peor… era la sensación de injusticia, esa mezcla brutal de impotencia y rabia que le apretaba el pecho.
“Soy inocente… pero Zacarías no me creyó.”
Esa idea la atravesó como un dardo envenenado. Él ni siquiera la defendió. Simplemente dudó.
Las lágrimas comenzaron a correrle por el rostro una vez más.
Quince minutos después, el sonido de llaves la sobresaltó. Un policía abrió la reja y la llamó con voz cansada:
—Tiene derecho a una llamada. Venga.
Ella se levantó a duras penas, su cuerpo entero temblando.
La llevaron hasta