La reina en el tablero. Parte 2.
Estaba a punto de volver a sentarme para terminar mis pastelillos cuando un ruido metálico resonó desde la entrada del jardín. Alguien había forzado la entrada. Me giré, esperando ver a Razva regresando con alguna excusa estúpida, pero la figura que irrumpió en mi santuario no era la sirvienta.
Era mi padre. Henri Auclair.
Su rostro no mostraba la calma habitual del estratega. Sus ojos estaban inyectados en sangre, sus mandíbulas apretadas. Se detuvo en seco al verme. Su mirada recorrió mi figu