La cacería. Parte 2.
El mundo pareció detenerse. La palabra “asesinada” flotó en el aire, colgando sobre nosotros como una espada de Damocles.
Miré a mi padre. Su rostro, que hasta hace un momento había sido una máscara de estoicismo, se desmoronó. Sus ojos, que se negaron a llorar por la muerte, ahora se transformaron en un abismo de furia negra.
—¿Asesinada? — repitió mi padre, y su voz no fue un gruñido; fue un rugido que hizo vibrar las lámparas del vestíbulo.
Sentí que el suelo bajo mis pies se abría. La trist