36. Te quiero para mi.
He de confesar que en el auto el sueño comenzó a entrarme nuevamente. Lancé un enorme bostezo mientras el auto se deslizaba por las calles y, a pesar del incómodo momento que estaba viviendo con Máximo, el cansancio comenzó a hacer tanta mella en mí que ya todo eso pasó a un segundo plano. Recosté el codo en el reposabrazos y mi cara en la palma de mi mano mientras dormitaba, pero luego sentí la fría mirada de Máximo sobre mí.
— No entiendo por qué te estás comportando de esa forma — le dije