34. La alucinación.
En el momento en el que llegamos al hospital supe que las cosas seguirían sintiéndose bastante tensas. Mi Máximo ni Santiago querían alejarse de mí. Parecían como si el uno estuviese completamente al pendiente del otro, como si en cualquier momento cualquiera de los dos pudiera tomarme y secuestrarme y arrancarme de la vida del otro, y aquella situación comenzó a cansarme.
Al menos Santiago tenía más excusas del porqué estar ahí: resolver el problema de ese medicamento era algo bastante importa