Cap. 230: Una esposa fugitiva. Un abogado prohibido.
Cap. 41.
La lluvia había amainado, dejando en el aire ese aroma fresco de tierra mojada que se mezclaba con el de leña encendida. Desde la puerta, la dueña de la posada asomó la cabeza con una sonrisa cálida.
—Ya salió la cena —anunció—. Café de olla bien calientito y tamales recién hechos.
Aria se incorporó de inmediato, sus ojos brillando como los de una niña.
—¿Tamales? —preguntó, como si acabara de escuchar la palabra mágica.
—De hoja de plátano, rellenos de mole —agregó la anciana—. Y par