La mansión Langley amaneció silenciosa … hasta que, desde el baño, se oyó el sonido inequívoco de un hombre sufriendo.
—¡Aaaaaaah! ¡Voy a morir! —gritó Christopher, abrazado al inodoro como si fuera su única tabla de salvación.
Ryan, que había pasado la noche ahí después de una ronda de tragos (con más penas que risas), se acercó a la puerta medio dormido, con una taza de café.
—¿Otra vez vomitando? ¿Qué comiste anoche, un mapache?
—¡No lo sé, hermano! ¡No lo sé! —gimió Christopher—. Me mareo,