Las gotas de lluvia golpeaban el ventanal de cristal, trayendo consigo un delicioso olor a tierra mojada. Christopher estaba sentado junto a su escritorio. Su mano derecha sostenía una taza de capuchino humeante y su mano izquierda sostenía un lápiz con el que jugueteaba, tratando de liberar la tensión que había crecido en sus hombros repentinamente.
—Señor, aquí está el hombre que mandó a llamar —dijo la secretaria asomándose por la puerta.
—Hazlo pasar de inmediato —respondió Langley, acomo